II Cerrarte sobre los talones del criado que vino M. de Thaller. Alto, fino, tieso, él hizo una cabeza muy pequeña, una cara plana, la nariz acentuada, y las barbas rojizas largas, sombrear levemente con los hilos de rosca plateados, llanura intermedia que caía su pecho. Vestido en el estilo más último, él usó un sobretodo flojo del material áspero, los pantaloons que se separaron casi a la extremidad de sus cargadores, un camisa-collar ancho turned over un pañuelo ligero, en el arco de los cuales brilló un diamante grande, y un sombrero alto con los bordes rodados. Con un vistazo del cekntelleo, él hizo una estimación rápida del comedor, de los muebles lamentables, y de las huéspedes asentadas alrededor de la tabla. Entonces, sin condescending uniforme tocar su sombrero, con su mano grande cabida firmemente en un guante de la lavanda, en un tono breve e imperioso, y con un acento leve que él afirmó era el acento Alsatian: “Yo debe hablar con vosotros, Vincent,” lo dijo a su cajero, “solamente e inmediatamente.” El M. Favoral hizo esfuerzos visibles de encubrir su ansiedad. “Ves,” él comenzó, “estamos cenando con algunos amigos, y” “Me deseas para hablar en la presencia todos?” interrumpido áspero el encargado del crédito mutuo. El cajero vaciló no más. Tomando una vela de la tabla, él abrió la puerta que conducía a la sala, y, estando parada respetuosamente a un lado: “Ser bastante bueno pasar encendido, sir,” dicho él: “Te sigo.” Y, en el momento de desaparecer sí mismo, “Continuar cenando sin mí,” lo dijo a sus huéspedes, con un esfuerzo pasado en el autodominio. “Pronto cogeré para arriba con ti. Esto tomará solamente un momento. No ser inquieto en el lo menos.” No eran inquietos, pero sorprendido, y, sobretodo, dado una sacudida eléctrica en las maneras de M. de Thaller. Un “qué bruto!” Mme. murmurado Desclavettes.