“Que no es para me que lloro,” que ella se encendió. ¡“I! ¿qué tenía I todavía a esperar o a esperar en vida? ¡Mientras que tú, Maxence, tú, mi Gilberte pobre! ¡- Si, por lo menos, podría sentirme libremente de culpa! Pero no. Es mi debilidad y mi desear de valor que ha traído en esta catástrofe. Me contraje de la lucha. Compré mi paz doméstica en el coste de tu futuro en el mundo. Me olvidé de que una madre tiene deberes sagrados hacia sus niños.” Mme. Favoral era en este tiempo una mujer de algunos años del forty-three, con las características delicadas y suaves, de una cara que desbordaba con amabilidad, y que entero siendo exhalado, como él eran, un perfume exquisito del noblesse y de la distinción. Feliz, ella puede ser que haya sido alambique hermoso, - de esa belleza otoñal que madurez tiene los esplendores de las frutas deliciosas de la estación más última. ¡Pero ella había sufrido tanto! El paleness lívido de su tez, el doblez rígido de sus labios, los estremecimientos nerviosos que sacudarieron su marco, revelados una existencia entera de engaños amargos, de luchas que agotan, y de humillaciones orgulloso encubiertas. Pero cada cosa se parecía sonreír sobre ella al principio de la vida. Ella era una única hija; y sus padres, seda-comerciantes ricos, te habían traído para arriba como la hija del los archduchess deseados para casar a algún príncipe soberano. Pero en quince ella había perdido a su madre. Su padre, pronto cansado de su hogar solo, comenzado buscar lejos de hogar una cierta diversión de su dolor. Él era un hombre de la mente débil, - uno de ésos marcados por adelantado para jugar a la parte de dupes eternos. Teniendo dinero, él encontró a muchos amigos. Una vez probando la taza de placeres fáciles, él rindió fácilmente a su intoxicación. Las cenas, tarjetas, diversiones, absorbieron su tiempo, al detrimento completo de su negocio. Y, dieciocho meses después de la muerte de su esposa, él había pasado ya una porción grande de su fortuna, cuando él cayó en las manos de una aventurera, que, sin el respeto para su hija, él audaciously trajo debajo de su propia azotea. En las ciudades provinciales, en donde todos sabe a todos, tales infamies son casi imposibles. No son absolutamente tan raros en París, donde está una, así que hablar, perdido en la muchedumbre, y donde la energía que refrena de la opinión del vecino está careciendo.