María era un niña triste, callada, se pasaba el día asomada a la ventana de su habitación viendo pasar a la gente, soñaba que era una de esas personas y que se iba muy lejos de todo lo que conocía, visitaba muchos países y conocía a mucha gente distinta.

Era feliz así, lo que veía a su alrededor no le gustaba nada. Cada día se le hacía más insoportable estar en su casa, cuando venia su padre ella casi siempre se hacía la dormida porque no le gustaba como se comportaba, venía siempre borracho, gritando a su madre para que le pusiera la comida y si había algo que no le gustaba tiraba el plato al suelo y hacia que su madre lo recogiera no sin antes darle un par de golpes.

Ella lo escuchaba todo y lloraba y juraba que cuando fuera mayor no permitiría que eso pasara. Su madre siempre le decía que su padre nunca había sido así que era porque no tenía trabajo, pero eso a ella le sonaba a excusa, no comprendía como una persona puede pegar a alguien a quien dice que ama.

Siempre le decía a su madre que no lo permitiera que se fueran las dos muy lejos donde él no las encontrara, pero su madre siempre le decía que cambiaría cuando tuviera trabajo.

Una noche cuando su padre llegó María volvió a escuchar otra vez los mismos gritos y los golpes, pero esta vez escuchó un portazo, al rato salió y lo que vio la hizo estremecer, su madre yacía en el suelo rodeada de un charco de sangre, se acercó la llamó pero ella no le respondió entonces corrió, corrió todo lo que pudo hasta llegar a comisaría y allí denunció a su padre.